El puma

¡Si me preocupara por lo que dice la gente!, ¡no debería salir de mi guarida! Me dijeron que era un león pero más chico, que parezco una pantera pero que no lo soy, que soy un gato grande... se han dicho tantas cosas de mí!

 

Yo los miro desde arriba de un árbol y sigo durmiendo.

Pero tengo mi propia historia y nace mucho antes de que llegara el hombre blanco a América. Yo aquí, era un rey. Desde el norte de América hasta el Estrecho de Magallanes, bien al sur de Argentina, toda esta era mi casa.

Ficha ténica:

Nombre común: puma, león americano, pangui o chrapial (le decían los mapuches), etc.

Nombre científico: Felis concolor

Distribución: Casi todo el territorio americano, desde Canadá hasta el estrecho de Magallanes.

Hábitat: En Argentina, si bien se adapta a todos los terrenos, prefiere los límites entre el boque y las llanuras.

Costumbres: Carívoro (sobre todo le gusta la sangre de sus presas), aunque también ingiere vegetales.

Nunca fui un mimado y me adapto a una región seca y árida como en la Patagonia, o puedo vivir entre los árboles en plena selva misionera. Ahora, si me preguntan cuál es mi debilidad, ¡dormir! Me la paso casi todo el día durmiendo. No hay nada que me guste más que acostarme en una rama bien alta de un árbol, entre el pasto o en una cueva, y entregarme a los brazos de Morfeo.

Pero, apenas cae el sol, salgo a buscar mi alimento. En mi menú figura desde la vizcacha, el ñandú, el ciervo, el tapir, algún mono que se refugia en lo alto de una rama en plena selva chaqueña, y cuando el hambre aprieta, algunas vacas o chivas.

Soy un solitario y, si no llueve o truena, puedo caminar hasta 40 kilómetros en una noche buscando mi alimento. Cuando veo a mi presa, me acerco sigiloso, apoyando mis manos y mis patas con mucho cuidado para no despertar sospechas, y, cuando estoy a un metro, pego el salto, arrojo un manotazo con mis impresionantes garras, muerdo con mis poderosas mandíbulas y asunto terminado.

No es de agrandado pero, cazando soy el mejor. Y si no me creen pregúntenles a otros. Cuando estoy corriendo a una presa, puedo saltar hasta 12 metros de largo, subirme a un árbol sin problemas, y puedo bajar de un solo salto de una rama a más de 15 metros del piso.

Igual que ustedes, los hombres, no me gusta que “entren sin golpear”. Por eso, cuando escucho las noticias de que me andan buscando porque me comí una vaca o unas chivas, y que están muy enojados conmigo, la verdad es que no los entiendo. ¡Si los que entraron sin golpear fueron ustedes!

Es más, hay quienes se divierten cazándonos. Yo, por las dudas, cuando veo una jauría de perros huyo y puedo correr hasta 12 horas seguidas. Si me las veo muy mal, uso el ingenio y vuelvo sobre mis huellas para despistar a mi enemigo.

Pero casi nunca salgo bien parado cuando me persiguen. Tengo muchas historias tristes de hermanos muertos por las balas, las trampas, o encerrados en jaulas.

Por eso, si se enoja porque me como algún ganado, acuérdese que usted entró a mi casa sin permiso y yo no le dije nada.

Adriana García

(Publicado en la sección EcoChicos, del suplemento ECO N° 45)

 

Fuentes:
“Fauna Argentina", Centro Editor de América Latina
Rev. Vida Silvestre N° 54, "Gato de América", texto y Foto: R. Cinti.

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