El conflicto por el Atuel

Un centenario conflicto entre pampeanos y mendocinos que tiene al río Atuel, el último afluente del Salado, como eje de la discordia. Cuando comenzaron a construirse las represas de los Nihuiles, el río dejó de correr con regularidad aguas abajo de las murallas.

(Rumbos) * Mayo de 2005._ Dicen los expertos que, en un futuro, no muy lejano, los conflictos y las guerras tendrán al agua como protagonista. Es que la sed aumenta y el recurso se agota. Apenas el 3 por ciento de toda la masa líquida que existe distribuida en los mares, casquetes polares, ríos, lagos y lagunas, es agua dulce. El resto es salada, y para su uso hace falta invertir mucha tecnología y dinero.

 

La riqueza del Atuel

 

El Atuel es el sexto río que aporta la cuenca del Desaguadero. Nace en las altas cumbres y se embalsa en la Laguna del Atuel, un espejo que recoge las aguas de las nieves cordilleranas. Bajando desde unos 3.000 metros sobre el nivel del mar, atraviesa la provincia de Mendoza de Oeste a Este.

Desde a naciente hasta la desembocaduras en la cuenca del Desaguadero-Salado-Chadileuvú, en territorio de la provincia de La Pampa, las aguas se extienden por unos 9.000 km2 de superficie bañados. Pero es sobre todo en el ingreso en el territorio pampeano donde las arenas arrastradas por el río forman un delta, dando origen a una extensa región de lagunas, charcos y pequeños cursos de aguas. Son los “bañados del Atuel”, un ecosistema donde viven cientos de especies animales y vegetales.

Según estudios de la Asociación Alihuén, el lugar es un humedal de importancia vital para preservar el hábitat de numerosas especies, como el playerito blanco, un ave migratoria que vuela a los Estados Unidos y a Canadá.

Sin embargo, desde hace muchos años, los desvíos y los diques construidos sobre el cauce del río afectaron de manera decisiva este hábitat. Hoy apenas se ven algunas nutrias, y es apenas un recuerdo la antigua presencia de los aguarás o lobos de las pampas, del jaguar o el carpincho.

Por eso se están realizando gestiones para que los bañados integren los sitios declarados por la Organización de las Naciones Unidas de “importancia internacional”, también llamados “sitios Ramsar”. (PD)

Sudamérica es un continente privilegiado si se lo compara con otros. Los ríos Amazonas, Orinoco, San Francisco, Paraná, Paraguay y Magdalena transportan más del 30 por ciento del agua superficial continental del mundo. Sin embargo, en este continente tan rico en recursos naturales, las dos terceras partes de los suelos son áridos y semiáridos.

En los 2,8 millones de kilómetros cuadrados de extensión en nuestro país, están la selva húmeda del Chaco y también la aridez del segundo desierto más grande del mundo, en la Patagonia.

Y es en ese territorio que el río Desaguadero discurre sus aguas uniendo a seis provincias argentinas y atravesando regiones naturales como la Puna, los Andes áridos, sierras, bolsones y hasta la pampa seca.

Es, recostada sobre la cordillera, una de las cuencas hidrográficas más importantes del país. Tiene una extensión tan grande como el territorio de Mendoza y San Juan juntas. Abarca unos 248 mil kilómetros cuadrados de superficie y su cuenca principal tiene un nombre tan largo como largo es su recorrido. El río es, concretamente, el Vinchina-Desaguadero-Salado-Chadileuvú-Curacó, de unos 1300 kilómetros de longitud, que nace en los Andes catamarqueños y llega hasta el sur pampeano, que cambia de nombre a medida que recorre las provincias, y que ha unido pueblos, aunque también los separó.

Aguas turbulentas

El Desaguadero recibe a lo largo de su trayecto el aporte de distintos afluentes. En él descargan sus aguas los ríos Jáchal, San Juan, Mendoza, Tunuyán, Diamante y Atuel.

Y es el Atuel, el más meridional de los ríos que aporta al Desaguadro, el protagonista de una historia de desencuentros entre mendocinos y pampeanos.

El río, que nace en a cordillera mendocina y atraviesa la provincia cuyana desde el noroeste al sureste, termina su recorrido uniéndose en territorio pampeano al río Desaguadero.

Pero no toda el agua llega al río. “Hace casi cien años que La Pampa reclama a Mendoza por las aguas de este río”, dice un integrante de la Fundación Chadileuvú, una organización ambientalista que nació y creció al calor de los reclamos por los derechos hídricos de la provincia.

Recuerdos del agua

 

Elvira y Paula nacieron hace más de 60 años en Algarrobo del Águila, una pequeña aldea con pocas casas ubicada al oeste de la provincia de La Pampa, a 300 kilómetros de la capital pampeana. “Recuerdo que aquí había un palo alto al que una vez un cisne se llevó por delante”, cuenta Elvira, parada sobre unos médanos, tratando de imaginar su casa, que se levantaba justo en ese lugar, a unos metros del cauce del río Atuel y a no más de cien de la comisaría.

 

En la década del 40, el “oeste pampeano” comenzaba a ser un recuerdo delo que alguna vez fue. Por eso, como Elvira y Nené, seis de sus ocho hermanos emigraron a Santa Rosa, a Mendoza y a Buenos Aires. “Tengo una imagen de ir entredormida en el sulqui con mamá y escuchar el chasquido del agua cuando íbamos en dirección a Santa Isabel”, recuerda Elvira, dando testimonio de los “bañados” que existían en el lugar.

 

El río Atuel –que en esa zona es una lágrima si se lo compara con los ríos Colorado o el Negro-, cuando bajaba con agua, modificaba el ecosistema del lugar y el ánimo de los pobladores. En una región árida, barrida por los vientos, de veranos intensos y de inviernos crudos, donde apenas si llueven 300 milímetros por año, el río es vida. Y lo fue durante mucho tiempo, hasta la construcción de Los Nihuiles. (PD)

Si bien ya en 1918 se afectó su cauce cuando se realizaron de manera clandestina obras de captación y desvío al sur de Colonia Alvear (Mendoza), fue en 1948, cuando comenzaron a construirse las represas de Los Nihuiles, que el Atuel dejó de correr con regularidad aguas debajo de las murallas.

Desde esta época hasta nuestros días, el ecosistema del lugar cambió profundamente y as poblaciones de la región se estancaron en el tiempo. Hoy, Santa Isabel, Algarrobo del Águila, parajes como Paso de los Algarrobos y los campos del Este mendocino, son tan sólo recuerdos que navegan en el cauce seco del río.

El vergel de ayer

Con el triste paisaje actual, pocos visitantes pueden imaginar que en el delta del río Atuel, hace siglos, vivieron importantes pueblos indígenas. Investigaciones arqueológicas realizadas en las cercanías de Santa Isabel, en Puesto Vallejos, en Médanos Colorados y otros parajes adyacentes, hallaron raspadores, puntas de flechas, cuchillos, nódulos, bolas y una enorme cantidad de cáscaras de huevos y huesos de aves acuáticas y terrestres.

Según testimonios de pobladores, a principios del siglo pasado, la zona estaba cubierta de vegetación acuática, habitada por gran cantidad de aves que permitía la subsistencia de los “isleños”. Según un estudio realizado por Raúl Hernández y Edith Alvarellos, la riqueza ictícola era tan abundante que la producción la compraban comerciantes de San Rafael y la ciudad de Mendoza.

La más famosa de esas prósperas aldeas fue la Colonia Agrícola Butaló, a pocos kilómetros de Santa Isabel. Creada por el gobierno nacional a principios de 1900, la gran cantidad de agua dulce y tierras fértiles fue el factor determinante para desarrollar este polo productivo.

 

La Muralla

 

Los tres Nihuiles, construidos sobre el cauce del río Atuel, forman parte de las 45 mil represas que existen en todo el mundo. Sólo en América latina hay más de 1.000 y unas 100 en la Argentina.

 

Según el informe de la Comisión Mundial de Represas, integrada por expertos del Banco Mundial (BM) y la Unión Mundial para la Naturaleza (UICN), “las grandes represas han fragmentado y transformado los ríos del mundo, mientras se estima que entre 40 y 80 millones de personas han sido desplazadas por su construcción.

 

Titulado “Represas y Desarrollo”, el estudio señala que el impacto sobre los ecosistemas “son más negativos que positivos”, y que las grandes represas provocan “pérdidas significativas e irreversibles de especies”.

En 1910, a 4 pesos de entonces, se vendía la hectárea, y los inmigrantes y criollos que compraban estaban obligados a cultivar, como mínimo, una cuarta parte de la chacra. Cuando llegaron los inspectores de Tierras Fiscales desde Buenos Aires, se encontraron con la sorpresa de las grandes extensiones de cultivo de alfalfa, cebada, centeno, trigo, viñas, avena y maíz. Sólo en el establecimiento Ventrencó se esquilaban unas 20 mil ovejas al año.

Pero llegó la quiebra. La falta de apoyo para las políticas de desarrollo desde el gobierno nacional (La Pampa era Territorio Nacional en ese entonces) y el taponamiento del río Atuel, desde 1918, despobló la región y secó la naturaleza.

Más tarde las compuertas de Los Nihuiles dieron por tierra con todos los sueños. Desde entonces, la disputa no tiene descanso, y en cien años hubo reuniones, pedidos de productores perjudicados, atentados sospechosos, cartas al presidente, acuerdo entre gobernadores y hasta un fallo de la Corte Suprema de Justicia. Cansado de diálogos infructuosos y promesas incumplidas, el gobierno pampeano recurrió en 1987 a la Corte y obtuvo un fallo memorable: las aguas del Atuel son interprovinciales.

Pero aún así las cosas no mejoraron, y el problema regresa cuando llegan los ciclos de secas y desbordes. Mientras el agua abunda, las compuertas de Los Nihuiles deben abrirse y el río inuunda el oeste pampeano. Pero cuando la nieve es poca y la lluvia escasea, las murallas se cierran y “el oeste” se agrieta para dar paso al desierto.

Texto: Pablo D'Atri

* Publicado en la revista Rumbos (N° 90 del 15 de mayo de 2005)

 

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