Las Ferias del Trueque

Fueron más de un millón de personas en todo el país que se dieron cita en las ferias o clubes del trueque. Desocupados, maestras con sueldos de miseria, jubilados y familias enteras expulsadas del mercado, se juntaron todas las semanas y construyeron una “economía a escala humana”.

Tapa del Suplemento ECO,
del mes de julio de 2001

(Julio de 2001)._ Todas las semanas, miles de personas en el país, se juntan en escuelas, cooperativas, en juntas vecinales, en plazas y patios, para reproducir un rito olvidado en este mundo globalizado: el trueque. Pan casero por verduras, herrería por tartas de choclo, hierbas medicinales por horas de terapia, unos planos de la casa por un equipo de audio usado. Todo se puede trocar, sólo hay que darle un valor, encontrar quien lo necesite, e interesarse por lo que ofrece.

Desde hace cinco años, en Argentina el fenómeno adquirió tal dimensión que, de acuerdo a los últimos informes, más de un millón de personas participan de las llamadas “Ferias o Clubes del Trueque”. Según Horacio Covas, fundador de la Red Global del Trueque, “haciendo un cálculo conservador y tomando sólo los registros ya asentados”, existen 250.000 familias que participan todas las semanas en el país, y se moviliza mercancía y servicios por un valor estimado en 600 millones al año.

Además de la Red Global del Trueque, existen otras con distintas modalidades, aunque todas tienen en común el intercambio cara a cara de los productos y servicios en pequeña escala, y la ausencia total del dinero. Mientras en algunas una “libreta” resuelve los problemas de “diferencias”, en otras se autoriza solamente el trueque directo y una consulta al odontólogo vale tantas horas de servicio doméstico.

El "crédito" es la unidad de intercambio de la Red Global del Trueque.

Pero, la gran mayoría utilizan el “crédito”. Impreso con todas las técnicas para evitar la falsificación, tomando en cuenta al peso como referencia (1 “crédito” igual a 1 peso), y transformado en una unidad de intercambio con alcance nacional, sin embargo, son papeles que no tienen validez ni consecuencias jurídicas. “Los créditos utilizados en la Red no son un instrumento ni un documento, no tienen validez y su posesión no otorga derecho a reclamo ni es un crédito sobre un grupo, sociedad o mercado, como es el caso del dinero de curso legal”, dicen sus integrantes.

Todos los grupos autoconvocados tienen sus particularidades. “La receta es que no existen recetas, y cada feria o club establece sus propias reglas”, dice un coordinador. Sin embargo, todos se confiesan fieles devotos de algunos mandamientos inquebrantables: la confianza es la base del intercambio, no hay jefes ni caciques, las conducciones son temporales y rotativas; no se puede especular, hay independencia de cualquier religión o partido político, y no existen intermediarios.

Economía familiar

La propuesta puede parecer descabellada para los técnicos y funcionarios que desde hace años deciden en el Ministerio de Economía qué medidas implementar para seducir a los grandes inversores, bajar el riesgo país, y calmar el ánimo en la bolsa. Pero, lejos de aquellas oficinas, todas las semanas miles de personas resuelven la comida del mediodía, las zapatillas para los chicos, el curso de inglés y el color del frente de la casa que desde hace años no se pintaba.

“No puedo pagar los impuestos o la cuota del lavarropa, pero puedo ofrecer el pan de salvado, que no me aceptan en otro lado, y me llevo a cambio las verduras para toda la semana”, cuenta Susana, una “prosumidora” de Córdoba. Sin embargo, y aun cuando existen nodos o clubes donde no se pueden “pagar” los impuestos, ya hay municipios y cooperativas que aceptan el “trueque” como medio de pago.

Resueltas a darle solución a problemas de escala familiar, miles de personas se autoconvocan y en poco tiempo resuelven los problemas de la economía doméstica. “Las mujeres de mediana edad constituyen el grupo más numeroso”, comenta Ana Faggi, investigadora del CEFYBO-CONICET, y de la Universidad de Flores (Buenos Aires), en un estudio que tomó como base varias ferias del Gran Buenos Aires. Según el informe, “la pertenencia dentro de la red va más allá de cubrir necesidades básicas, marcando un cambio de actitud hacia mecanismos más participativos y solidarios en un momento de crisis material y moral”.

La gran feria

Por su organización, la Red Global del Trueque es la más conocida en Argentina. El primer club surgió en Bernal, Provincia de Buenos Aires, en abril de 1995 con apenas 25 personas. Dos años más tarde eran 400 los clubes adheridos en todo el país y hoy superan las 250.000 familias. “Es una organización de “prosumidores”, término que define a las personas que son, en un mismo tiempo, productores y consumidores de bienes y servicios”, cuentan sus integrantes, y aclaran que no existe identificación política, religiosa ni de ningún otro tipo.

La propuesta parte de una premisa muy simple: todas las personas que necesitan algo o pueden ofrecer un servicio o producto, pueden sumarse a la feria. “Decimos que una condición para pertenecer a la Red es la de ser «prosumidores»”, y comentan que la gente comienza ofreciendo productos muy sencillos, del rubro comida o ropa, y luego se progresa hacia otras actividades más complejas, como pequeños emprendimientos productivos.

Con una recesión de nunca acabar, miles de vecinos se autoconvocan todas las semanas en centenares de clubes en casi todas las provincias de Argentina y en 11 países de América. Dispuestos a escribir su historia, se autoconvocan, deciden su organización, y hasta generan sus propios mecanismos de control de calidad y sanidad.

Aquí en la tierra

A la hora señalada, los prosumidores colocan en las mesas los panes, las verduras, y otros productos, circulan las hojas con los oficios y trabajos ofrecidos y, cuando la coordinadora da la orden, comienza el intercambio.

“No es que aquí no existan problemas como en otras organizaciones”, cuenta un participante, “pero la estructura y algunos criterios básicos permiten garantizar transparencia, manejo democrático y cualquier intento de especulación o acumulación desmedida”.

“Yo vengo al trueque porque me parece una alternativa para mí, que no estoy en la lona pero un poco sí”, dice Silvia que participa de la feria Villa Lynch, Carmen de Patagones (Buenos Aires). “Me permite gastar menos en, por ejemplo, verdura, y cambiarlo por cosas que antes regalaba, como la ropa, o que hacía para mí, como el pan de salvado o la pastaflora”.

Otra participante activa de la feria comenta que consigue buena verdura de las chacras del alto valle (Río Negro), “y también a veces compro rosquitas y los chicos útiles y algo de ropa”. Cuando le consultamos el porqué del éxito que tiene en el país, no duda: “porque ofrece una alternativa a la crisis, a la desocupación. Hay mucha gente que come gracias a las ferias”.

Pequeños emprendedores

Sin romper con algunas reglas del mercado como la de la oferta y la demanda, sin embargo, es diametralmente opuesta a las pautas económicas de este mundo de la macroeconomía y la globalización. Llevada a una escala de “economía humana”, cada uno de los participantes tiene la posibilidad de hacer valer su trabajo y valorar el de los demás, y predomina sobre todo el criterio de la “solidaridad”.

Obligadas por la crisis económica, apabulladas por la tecnología globalizada que hace del comercio a través de Internet el gran fenómeno del nuevo milenio, miles de personas se juntan todas las semanas para intercambiar sus historias de vida y de trabajo. “Yo, más allá de ofrecer mis milanesas de soja, vengo a la feria para hacer sociales, para hacer amigos”, cuenta feliz Nancy.

Texto: Pablo D’Atri
Ilus.: Bibi González

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