Edgar, el naturalista

Edgar Morisoli era un naturalista. Amaba la naturaleza, la quería conocer, comprender en su diversidad y funcionamiento y contextualizarla en su relación a las personas, que, para el poeta no son parte si no "hacen al paisaje".

 

“No vemos las cosas como son, las vemos como somos”.

Anaïs Nin

 

Develaba la naturaleza en sus poemas para dejarla expuesta y permitirle encandilar a los demás.

Tomo como ejemplo su poema "Mirar el alpataco". En él narra, en su primera parte, cómo ve el oeste pampeano un hombre que mira ese paisaje con la idea del progreso, del utilitarismo y del rédito económico:

"Para esta tierra austral, sin embargo, su mirada resultó ajena. /La Ciudad (...) no le prestó nuevas pupilas, mirada virgen para indagar estos costados de la patria, esta austera planicie del poniente. /El leñoso país occidental. Nuestra comarca. (..) Y así, con palabra encendida y mirada ajena, escribió:

"...En ese pedregal crecen las plantas duras, de una flora de suplicios (...) Esa flora nociva, se extiende rala y acerada,(...). Son las plantas de los médanos y los salitrales: enanas, sin frutos, sin pulpa y sin flor, aplastadas contra el suelo, de color de reptiles. Con sus hojas coriáceas semejan arácnidos y crustáceos de metal, en una vegetación como del círculo de los suicidas (...) Algunos arbustos se yerguen hasta cuatro metros; pero son siempre las mismas plantas enjutas, de púas, de espinas, de tallo contrahecho y leñoso. Maderas combustibles que se evaporan en fuego (...);  erizadas de estiletes venenosos..." (1)
Aquel poeta de verbo apocalíptico vio la espina, pero no vio la flor y mucho menos la chaucha. (...) no habló con el poblador, con el protagonista del paisaje. Con el inventor del paisaje: su sentidor y su sentido."

En una segunda mirada, nos muestra el mismo paisaje y nos describe "la naturaleza mineral de los astros sobre la que se asienta la vida":

"Era un extenso cantizal. Un pedrero pelado brillando al sol y a la luna, los cantos relumbrosos por el barniz del desierto. Piedras nomás, redondeadas por milenios de acarreo glacial, fluvial, astral. Pulidas y vueltas a pulir por el aliento planetario del pampero, por el viento sin resuello de las travesías. Ni el consuelo de un musgo, de un mantillo de tierra sobre la tersa piel mineral."

Llega la vida, germina, crece. Se dispersó la simiente y llegó a ser ese alpataco planicero.

"Pero ahí estaba él, apenas un gajito casi sin hojas, asomando aguerrido entre los rodados negros y mondos. Loro o choique o castrón habrán comido, atrás en los días, la sabrosa chaucha, y entregado después al azar de la vida esa semilla, como tantas otras. Algunas caerían en blanda arena, otras en salitral quemador o en el cuenco fértil de un cañadón. Esta cayó allí, en el cantizal hasta entonces desnudo de verdor. Y allí germinó, para después crecer lentamente -más hacia abajo que hacia arriba-, rumiando sus resinas, haciendo madera el tiempo y tiempo la madera."

Y la mirada humana que lo reconoce en su estoicismo y se reconoce en él:

"De tanto en tanto, el hombre se arrima a visitarlo, y lo saluda. (...) Así, al paso de los años, lo vio afianzarse fisurando de a poco la dura costra calcárea, extendiendo por las hendijas su tenaz raicerío. Estoicamente, heroicamente, a lo largo de casi medio siglo llegó a ser lo que es hoy: un verrugón de palo profundamente hincado en la arenisca subyacente; un abierto ramo de gajos defendido por tamañas espinas que custodian a las frágiles flores, a las vainas nutricias, y al nidito de pititorra que se cobija entre ellas. Renovado dador, cuanto más seco viene el año más se prodiga en frutos para el animal y el hombre."

Entonces el poeta nos hace ver cómo de ese azaroso milagro de su vida nace esa planta nodriza que permite el resguardo y la supervivencia de tantas otras, la posibilidad de crecer a su amparo:

"Hablamos del alpataco planicero, claro está. El de chaucha dulce. El ruedo estéril del cantizal que lo rodea lo ha protegido de las quemazones. A medida que crecía, la fuerza de su tronco oculto fue combando el piso, como en el lento alzarse de hombros de un gigante enterrado. Esa suave giba, junto a las ramas abiertas, fueron cedazo cernidor de polvaredas y voladuras -cuando Meulén pasa endiablando el aire-, antemural para las arenas nómades que allí se detuvieron y se tornaron suelo. (...). A su amparo, en su espesura, los pastos-de-raíz y los pastos-de-estación, el macachín y la cebolla-del-zorro, la flechilla y el coirón, modularon su leve melodía: el canto de las hierbas, el arpegio encantado de las lejanías."

Y el desarrollo de toda una comunidad en ese antiguo erial:

"Y entonces comenzaron a llegar otros seres a esa isla-de-vida instaurada por el alpataco, fundada por él como colonizador del erial. Cuises. Tucutucos. Vizcachas con sus lechucitas centinelas. Lagartijas. Piches. Matuastos. Iguanas... ¡Un pueblo entero de pequeños seres, de vivaces criaturas en vecindad y armonía! Cavaron sus madrigueras. Construyeron sus nidos. Encontraron refugio y fueron urdiendo un laberinto terrero, cuyas oquedades deshabitadas suelen albergar, en cada primavera, a Pilmaiquén, la danzarina del cielo."

Y este poema culmina con una reflexión sobre miradas:

"Mirar, miramos todos. Miramos siempre. Pero no siempre vemos. ¿Por qué, de pronto, comenzamos a ver lo tantas veces mirado? ¿Cuándo vemos? ¿Visión/videncia? ¿Vemos por iluminación, o vemos por azar?

¿Quién ve?

No ve la soberbia. Ve el corazón sencillo.

No ve la mera erudición libresca. Ve la sabiduría.

Ve la inocencia. Ve el asombro. Ve la gracia.

Ve la pasión de libertad. Ve el ojo mágico. Ve el alma popular.

Y una cosa es segura: quien se jacte de ver, ese no verá."

En 1968, Baba Dioum, un ingeniero forestal senegalés, presentó un documento en la Asamblea General de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) donde hizo esta declaración: "Al final solo conservaremos lo que amamos, amaremos solo lo que entendemos y entenderemos solo lo que nos enseñan".

Nunca más imprescindible la voz y la mirada de Edgar, porque el camino del conocimiento a la empatía y al  compromiso por la conservación de la  naturaleza solo se logra a través de la emoción.

(1) Ezequiel Martínez Estrada: "Radiografía de La Pampa" (Editorial Losada, Buenos Aires, 1953)

Inf.: Graciela Alfonso
Ilustraciones. Bibi González

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