Juan Carlos Chebez, El Nombrador

En un país con políticas de Estado ausentes e instituciones frágiles, una persona puede resultar fundamental. Es el caso de Juan Carlos. Su visión era la de un estadista ambiental. Sus “tratados” sobre las especies amenazadas (“Los que se van”) y las áreas naturales (“Guía de las Reservas Naturales de la Argentina”) ponen de manifiesto su capacidad y claridad para poner las cosas en su lugar. No hubo gestor ni difusor más prolífico que él en el periodo de tiempo que lo tuvimos entre nosotros.

Por eso, le debemos mucho. Entre otras cosas, el haber sacado del anonimato popular especies ignotas. Pensemos, acaso, antes de él, ¿cuántos habíamos escuchado hablar de la mojarra desnuda del Valcheta, de la lagartija del Nihuil, del loro pecho vinoso, del ratón de los guindales de la Isla de los Estados o del pato serrucho? No solo eso, su conocimiento sobre la biología y estado de conservación de estas especies era tan minucioso que rápidamente las transformaba en una leyenda viviente. Otro tanto sucedía con esas áreas perdidas, por las que luchó incansablemente. Fuera de Misiones y del querido Alberto Roth, ¿quién había oído antes de Juan Carlos el topónimo Urugua-í? Él resucitó esos y otros nombres olvidados, como las Selvas de Montiel, el Salar de Pipanaco y la Meseta del Somuncurá, entre muchísimos otros, por los que trabajó para su protección y con un éxito logrado a fuerza de su poder de convicción.

Fue el primer defensor de esos lugares olvidados y de las especies pequeñas que habitan en lugares remotos y que en su mayoría no tenían ni siquiera un nombre vulgar. Las estudió, las divulgó e intentó -o logró- protegerlas estimulando la creación de nuevas reservas naturales. Hasta les dedicó poesías y les cantó. ¡Más no pudo hacer!

¡Claro que tuvo defectos! Pero inofensivos para con los demás y minúsculos si se dimensiona el conjunto de su persona. Pero todo grande incomoda. Por eso no le faltaron detractores y aclaremos: “con título”, que sin otro motor que su mediocridad lograban amargarlo en sus intentos discriminatorios, dado que Juan Carlos –hasta hace muy poco- no ostentaba un diploma universitario (solo recientemente había sido distinguido como Profesor Honorario de la Universidad de Buenos Aires). Pero –como suele decir mi madre- “la envidia es un móvil poderoso” y más cuando se ocupan “territorios” que seres oscuros creen propios. Pero me consta algo mejor: eran una minoría despreciable e intrascendente. Los Grandes de la talla de José M. Cei, Marcos Freiberg, Elio Massoia, Julio R. Contreras Roque, Tito Narosky, Jorge H. Morello y Hugo López no solo lo alentaron, sino que cultivaron su afecto, amistad o admiración. Es que Juan Carlos fue muy generoso y cuidadoso: no solo procuraba citar la autoría de cada dato sino que invitó a compartir sus trabajos (en muchos casos, innecesariamente) con cuanta persona se interesara por una especie o un lugar en particular. Bastaría repasar cualquiera de los tomos de “Los que se van” para comprobarlo. Por eso tampoco le faltaron actos de justicia, como el reconocimiento del gran Museo de La Plata ante sus aportes en el campo de la ictiología o “El Quijote de la Conservación” que le hizo conferir el Méd. Vet. Fidel Baschetto y la “Pluma de Plata” que le entregó Aves Argentinas. Recordemos también que los especialistas Ulyses Pardiñas, Pablo Teta y Guillermo D´Elía le dedicaron una especie de mamífero misionero que hoy lleva su nombre: Abrawayaomys chebezi. Para un naturalista no hay mayor honor y ese orgullo no se lo sacó nadie.

El Nombrador (como bautizó su cuenta de correo electrónico) descansa tranquilo. También será nombrado. Y por muchas generaciones, mientras reposa nuestro “Sacha Juan” cerca de un lapacho rosado que eligió de sombra eterna.

Claudio Bertonatti
18 de Mayo 2011

 


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