Otoño en el monte

¿Qué puede hacer un hombre en el otoño y en el monte?
Caminar, por ejemplo. Internarse en una selva de rocío y maravillarse con la figura desgarbada de un caldén o con el aroma que el amanecer arranca en los claros más iluminados.

Un hombre en el monte y en otoño, puede inundar sus ojos de colores. Los verdes, pardos y esmeraldas que danzan una suave melodía de luces encendidas que ni siquiera el invierno se atreve a oscurecer.

Un hombre puede detenerse a escuchar la sinfonía más monumental, las bellas y estridentes melodías de los cantos del monte en el otoño.

En la espesura una calandria llama y su voz reverbera en los confines mientras un coro de loros charlatanes difunde ese programa en otros lares.

Dicen, por ahí, que aquí es donde habita la poesía y no estará de más mirar al cielo para encelestarse el alma o asombrarse con ese resplandor que modela el horizonte cuando la noche se despide hasta mañana.

Aquí, la vida es vida. Y, a veces, en otoño la vida se encuentra enamorada.

Un reclamo de amor desesperado se puede escuchar en madrugada.

Son urgencias, lamentos, los síntomas de una pasión que estalla.

Y sucede en abril, para que la naturaleza confirme sus demandas.

Así, pues, un hombre en el monte y en otoño tiene la chance de ser espectador de sinfonías, asistente a una muestra plástica de avanzada, anfitrión del sol, peatón de los senderos con mágicas cortezas yaciendo perezosas en la tierra.

Un hombre puede contemplar la maravilla de la vida y también, si se le antoja, detenerla.

(Texto de Pinky Pumilla, del Programa “Un poco de Cultura”)

 


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